Investigación
Memorias bioculturales en tiempos de neoextractivismo: estudio ecolingüístico en la comunidad moxeño trinitaria de Santísima Trinidad, TIPNIS Bolivia
Publicado
12 de mayo de 2026 15:43
Hubo un tiempo en que el pueblo moxeño tenía un nombre para cada susurro del monte. Un nombre para la planta que cura la fiebre de los niños, otro para el árbol que anuncia la lluvia, otro más para el silencio particular que precede a la crecida del río. Palabras que no eran solo palabras, sino mapas, memorias, formas de estar en el mundo. Ese mundo se está yendo. No de golpe. No como se van las cosas en las catástrofes. Se va como se va el río en la sequía, casi sin que nadie lo note, hasta que un día el cauce aparece seco y uno no recuerda bien cuándo fue la última vez que había agua y se lo escuchó cantar.
La lengua moxeña trinitaria está olvidando el nombre del bosque; y el bosque, mientras tanto, también está cambiando. Una carretera lo atraviesa, la hoja de coca avanza y el territorio de siempre se vuelve territorio en disputa. Las abuelas todavía saben. Guardan en sus manos y en su memoria el conocimiento de las plantas que sanan y los ciclos que ordenan la vida. Pero ahora son islas, cada vez más solas en un paisaje que las rodea y no las reconoce.
Hay lenguas que nombran el mundo para habitarlo, para cuidarlo, para escucharlo. Y hay lenguas que lo nombran para medirlo, cercarlo y venderlo. Cuando una lengua biocéntrica retrocede y una lengua capitalocéntrica avanza, es un cambio de cosmología, no solo un intercambio de vocabulario. Es otro tipo de conquista. Perder una lengua no es como perder un objeto que se puede buscar y encontrar. Es más parecido a perder una manera de ver, de nombrar, de pertenecer. Y cuando eso ocurre al mismo tiempo que se pierde el territorio, lo que se está perdiendo es el mundo entero tal como una comunidad lo conoció.
Y si la lengua puede ser territorio de conquista, también puede ser territorio de resistencia. Entender eso es entender que el lenguaje tiene una ecología, y esa ecología es profundamente política.
Para leer completa la tesis de Danissa Candelaria Álvarez Salazar puedes ingresar aquí.
La lengua moxeña trinitaria está olvidando el nombre del bosque; y el bosque, mientras tanto, también está cambiando. Una carretera lo atraviesa, la hoja de coca avanza y el territorio de siempre se vuelve territorio en disputa. Las abuelas todavía saben. Guardan en sus manos y en su memoria el conocimiento de las plantas que sanan y los ciclos que ordenan la vida. Pero ahora son islas, cada vez más solas en un paisaje que las rodea y no las reconoce.
Hay lenguas que nombran el mundo para habitarlo, para cuidarlo, para escucharlo. Y hay lenguas que lo nombran para medirlo, cercarlo y venderlo. Cuando una lengua biocéntrica retrocede y una lengua capitalocéntrica avanza, es un cambio de cosmología, no solo un intercambio de vocabulario. Es otro tipo de conquista. Perder una lengua no es como perder un objeto que se puede buscar y encontrar. Es más parecido a perder una manera de ver, de nombrar, de pertenecer. Y cuando eso ocurre al mismo tiempo que se pierde el territorio, lo que se está perdiendo es el mundo entero tal como una comunidad lo conoció.
Y si la lengua puede ser territorio de conquista, también puede ser territorio de resistencia. Entender eso es entender que el lenguaje tiene una ecología, y esa ecología es profundamente política.
Para leer completa la tesis de Danissa Candelaria Álvarez Salazar puedes ingresar aquí.
Esta investigación fue realizada como trabajo de titulación en el marco de la Maestría Internacional en Ecología Política y Alternativas al Desarrollo convocada por el Área de Ambiente y Sustentabilidad de la Universidad Andina Simón Bolivar, sede Ecuador. Para mayor informacón sobre la maestría, por favor entrar aquí https://www.uasb.edu.ec/programa/ecologia-politica-y-alternativas-al-desarrollo/